Si miro la pantalla me asoma la madrugada. Esos momentos de suministrar anfetaminas a la razón para despotricar en los sentimientos. El vacío puede ser taciturno como los entremeses.
Mientras me pides un licor que no sea muy rancio. Qu e no sea secuestrador de relojes, del tiempo que se encarga de disparar el instante.
A medida que los bostezos asoman, el delirio es tan grande como la pobreza de servirte de espuma en los moteles.
Y me quedo secuestrada entre miles de versos, entre miles de argumentos que conciertan los adoquines. Y lapidarse se convierte en una autoflagelación de la cornisa, de la propia mampara que relata escuetamente los episodios de una crisis en las macetas, en los puertos, en todos los momentos que bailamos con las sombras, y emborrachamos la sobriedad.
En este momento escribir no tiene sentido, es automático, como la cerveza que se encripta en las gargantas, en la traquea salvaje que contagia a la suerte y la aterroriza de certezas.